Posiblemente, estás leyendo esta revista porque buscas un cambio en la educación de alguno de tus hijos, pero para conseguirlo, será muy conveniente que empieces por cambiar tú primero. Esto no hará, como podría sugerirte algún libro de autoayuda, que, si cambias tú, por no se sabe qué serie de sinergias del cosmos, empiecen a cambiar tu hijo, pero es muy probable que empieces a vivir la situación con más serenidad, esperanza y alegría.

Primero, que te sentirás mejor, segundo, que tu hijo se dará cuenta y es posible que tu nueva actitud le haga pensar, más de lo que tú crees, y tercero, que pase lo que pase, la relación madre/padre-hijos-educación será más saludable.

Y me preguntarás: -bueno, vale, ¿y en qué tengo que cambiar?

Pues como diría Barry Stevens, “no empujes el rio porque fluye solo” … Esto significa que debes tomar conciencia de tu tendencia a pensar qué debes ser tú quien debe estar detrás de todo, que, “si no lo haces tú, no lo hace nadie”, que debes tener el control de esto y de aquello, que tienes que hacer más, que lo tienes que hacer mejor… pero por mucho que empujes el río este no irá más deprisa, fluirá al ritmo de su pendiente con la fuerza de su caudal. Así que no fuerces las cosas, esa actitud no resuelve nada.

A lo mejor consigues pequeños resultados, pero tú misma te das cuenta que así no puedes seguir, que te despistas un poco y tu hijo vuelve a las andadas: te frustras, te enfadas, te culpabilizas, culpabilizas al hijo, al colegio, a los profesores, a tu pareja pero nada te alivia… Sigues preocupada, y esparces esa atmósfera tóxico a tu alrededor y eso te hace sentir peor: “tengo que cambiar”, “tengo que lograr que mi hijo cambie”, “tengo que ayudarle a que supere sus dificultades”, pero es que “tiene que obedecer”, “debería dedicar más tiempo a estudiar”, “debería dejar más el dichoso móvil”, “mi marido debería ayudarme más en este tema”, “debemos organizarnos mejor”, “tendría que ser un chico más agradecido, con todo lo que hacemos por él”, “debería ser más dura con él y mantener los castigos”, “debería ser más paciente y no presionarle tanto”… Añade tú todos los “tendrías que” y “debería” que quieras, todos ellos son empujar el rio pero el rio sigue a lo suyo…

Deja de alimentar el resentimiento y la rabia

Después de “los deberían ser” que no son te entra frustración: “no es justo que me esté dejando aquí la vida y luego suspenda, no es justo que en el colegio me digan que tiene que estudiar más, no es justo que encima me echen a mí la culpa porque dicen que le he mimado mucho, no es justo que tenga que ser yo siempre la que deba estar pendiente porque si no, no hace nada, ¡no es justo!”. Bueno, lo más probable es que tengas razón, pero atormentarte por dentro no resuelve el problema, ni te ayuda a afrontarlo mejor. No se trata de resignarse a la injusticia y desanimarte, ni tampoco de revelarse ante ella y llenarte de ansiedad; lo que te interesa, es aprender a gestionar esas situaciones con una actitud más saludable.

Deja de sentirte culpable o culpabilizar

Es posible que detrás de esa autofrustración por la mala actitud o el bajo rendimiento de tu hijo, esté un solapado sentimiento de culpa, que quieres quitarte, demostrándote a ti misma que tú has hecho todo lo que podías y, por tanto, no es culpa tuya.

Deja de compararte y pensar “qué van a pensar”

Quizás sea causa de verte mejor y superior a tu esposo, a los profesores y a tu hijo en esta faceta, como si estuvieses en un peldaño de autoexigencia por encima. O sencillamente, te sientes ofendida o humillada por que se pueda pensar que no eres una buena madre.

Deja de reclamar compasión

Quizás, te muestras resentida como primer paso para justificar el “tirar la toalla”, pero si estás leyendo este artículo, no creo que sea tu caso. No obstante, lo que si puede ser es una forma de reclamar compasión. Quizás quieras que se reconozca tu labor, aunque no esté dando los frutos que buscabas, o tal vez, quieres despertar compasión para que vengan en tu auxilio… “La pobre, con lo que se esfuerza y fíjate. No te preocupes, yo te ayudaré…”.

Deja de manipular

Es posible que no estés buscando que te ayuden, sencillamente quieres desahogarte, pero si de pronto encuentras uno de sus profesores que se ve afectado y se implica de forma especial con tu hijo, piensa si quizás no le estás manipulando emocionalmente para que te ayude, porque eso tampoco sería justo: “qué suerte hemos tenido con un tutor como tú”, “tú sí que comprendes a nuestro hijo”, “qué haríamos nosotros si no te llegamos a encontrar”.

Pero eso no es toda la manipulación que puedes ejercer, la primera y más destructiva del fortalecimiento de la responsabilidad personal de tu hijo es el chantaje emocional que tratas de usar para que mejore. De forma inconsciente, piensas que, si logras hacerle sentir culpable de tu tristeza o de tu ansiedad, entonces tratará de portarse bien o estudiar, pero no por lo que supone el estudio o las cosas bien hechas, sino para que tú estés bien… Eso es una trampa que termina mal. También puedes hacer sentir culpable a tu esposo y quizás logres que intente hacer algo, pero tarde o temprano, como es un atropello emocional, tu esposo se verá envuelto en tus mismas frustraciones, se sentirá incapaz de resolverlo, culpará a vuestro hijo, te culpará a ti, culpará al colegio y tratará de ese modo de aliviar su sentimiento de culpa.

Deja los temores

Todos tenemos miedos, pero conviene gestionarlos con sabiduría. Cuando la motivación para educar es el miedo, se transmite inseguridad, presión excesiva, sobreprotección, desconfianza y se entra en una espiral de pensamientos negativos. Conviene que sea el amor la motivación para educar.

Descubre que es lo que tienes que dejar y hazte un plan de pequeños pasos posibles. Lo primero es caer en la cuenta y este es el objetivo del artículo. Si no caes en la cuenta de las actitudes que conviene que cambies, es poco probable que tu hijo cambie, que tu esposo cambie, que los profesores de tu hijo cambien… Te conviene comenzar por cambiar, tú primero.

Practica la aceptación incondicional

Solo se pueden dejar una actitud si se sustituyen por otras nuevas y las que te recomiendo son la aceptación incondicional y la confianza en tu hijo.

Imagina situaciones que te sacan de quicio o te entristecen:

  • Le digo que recoja, dice “ya voy” pero sigue a lo suyo
  • Dice que no tiene nada que estudiar y que no tiene tareas, pero ya no le creo.
  • Me falta al respeto y no me mira cuando le hablo.
  • Puedes añadir tus experiencias particulares

Desactiva la actitud negativa:

“No hay nada que hacer”, “lo hemos intentado todo”, “si le ayudaran más en el colegio”, “si tuviese otro grupo de compañeros”, “tengo qué, debería, tendría que, deberían…”, “es injusto que la cosa sea así”.

Siempre que tengas estos pensamientos-sentimientos negativos ya sea por algo que esté pasando o por algo que tu imaginación piensa que podría pasar y te sale ese debería de, tengo que, exigencias, imposiciones, necesidades imperiosas, resentimientos desasosegantes, entonces debes pararte y aceptar: “preferiría que no fuera así, pero no pierdo la confianza”, “cabe la posibilidad de que todo salga mal, pero lo más probable es que todo termine bien y si llega algún aparente fracaso, podrá acompañar a mi hijo con esperanza para que siga animado, le dé la vuelta y se haga más fuerte”.

Cuando te sientas muy abatida por tus pensamientos piensa si son realistas, si es lógico lo que piensas o, por el contrario, cabe la posibilidad de pensar que las cosas pueden salir bien. Aférrate a la esperanza de que es posible, porque, efectivamente, es posible que todo salga bien. Incluso, es posible que llegues a la conclusión de que todo termine bien sea lo más probable.

No hagas lo que debe hacer tu hijo

Haz la lista de las cosas que desearía que hiciera tu hijo, pero no hace. Por ejemplo, ordenar su habitación, llevar la ropa sucia a la lavadora, sacar la basura… Esto te hará consciente de que cosas no conviene que hagas tú. No te engañes con falsas razones “no puedo dejar la casa toda tirada esperando a que recoja”, “Si espero a que la saque, nos hundiremos en la basura, y qué pensará el portero”, “en el fondo, a mí no me cuesta nada”. Todo eso puede ser razonable pero no educa, y, además, no está todo tirado, sino solo lo suyo, no se va a hundir la casa por no sacar la basura un día… Aprovecha esas situaciones extremas para dialogar con tu hijo.

Busca un momento en el que ambos estéis en calma y trata de hacer pensar a tu hijo. Caerá en la cuenta y querrá hacerlo, y cuando lo haga, alegraos, aunque haya tardado mucho, no importa. Lo importante es que lo ha conseguido, y la próxima será antes. Mira a tu hijo con ojos de esperanza y te irá dando lo que esperas.

Bibliografía

Ellis, A. (2006). Usted puede ser feliz. Barcelona: Paidós

Martínez-Domínguez, L.M. (2019). Y ahora, ¿los deberes? Madrid: Palabra