Existe una sutil diferencia entre la consciencia y la responsabilidad que tiene que ver con el lugar desde donde surge la decisión de hacer lo que hacemos, y en este caso, de cómo ejercer el rol de padres/madres.

Cuando una persona es responsable significa que tiene la capacidad y la actitud de responder ante las circunstancias que le presenta la vida porque se hace cargo de las consecuencias de sus actos, ya sean estos positivos o negativos.

Asumir la responsabilidad tiene el riesgo de que cuando llegue el momento de hacer frente a estas consecuencias, sobre todo si tienen un impacto negativo, se sienta culpable, se autocastigue y, en ese intento de ser responsable, hace cualquier cosa que le lleve a expiar su culpa.

El problema surge si no consigue expiar la culpa ya que, para salir al paso de forma responsable, se erigirá en un verdugo con la intención de encontrar el culpable y hacer que expie por los daños causados. Si lo consigue, será un responsable de éxito, alguien visto como una persona capaz de resolver consecuencias indeseables.

Al fin y al cabo, es responsable y ejerce la responsabilidad tratando de minimizar las consecuencias negativas de las decisiones tomadas previamente. Para prevenir todo esto, lo que se hace es hacer un seguimiento y control del progreso de forma que nada ni nadie se salga de lo previsto y aquí se pierde autonomía, creatividad y capacidad de crecer.

En cambio, cuando una persona es consciente no actúa sabiendo que puede responder ante las consecuencias de sus actos, sino que toma decisiones que le permiten hacerse cargo en ese mismo instante de las dificultades, los pesares, los bloqueos, o cualquier resistencia que se presente en ella para mejorar su bienestar y del entorno que le rodea.

Cuadro de texto: La consciencia entraña responsabilidad, mientras que la responsabilidad no necesariamente entraña consciencia.

Es decir, no pospone la responsabilidad sino que, deliberadamente, la ejerce en el momento presente para cambiar su estado de partida y, desde ahí, crear un escenario más saludable.

A la hora de educar a los hijos es importante tener en cuenta desde donde se le dan las órdenes, se sirve de ejemplo y se fomenta su capacidad de situarse en el mundo.

Se puede hacer siguiendo dos tipos de mentalidad:

  • La mentalidad rígida, en el que el niño tiene que aprender a ser responsable y asumir las consecuencias de sus actos.
  • La mentalidad de crecimiento, en la que enseñamos a reflexionar por sí mismos sobre lo que piensan, sienten y hacen para tomar la mejor decisión que le lleve a tener mejores pensamientos, sentimientos y acciones.

La mentalidad rígida, se asienta en la responsabilidad sin consciencia y el resultado es una vida limitada a las normas que hay que saber cumplir para evitar lo negativo en el exterior aun cuando en el interior uno esté hecho polvo. El resultado final, como cabe esperar, son personas que antes o después se quebrarán por el nivel de infelicidad que acumularán con el paso de los años aun cuando sean personas realmente exitosas en algunos aspectos de sus vidad, claro está, siempre desde la perspectiva de responder adecuadamente ante las normas.

Al final una mentalidad rígida consigue hijos perfectos dentro de una norma o hijos imperfectos dentro de esa norma. La perfección es fruto de la inseguridad de los padres para ejercer su rol, porque nadie nace sabiendo ser padre o madre. Es un proceso que se aprende junto al proceso de crecimiento de los hijos pero para ello hay que cuestionar las normas y saber por qué y para qué sirven.

Un padre/madre consciente establece límites flexibles que dotan a sus hijos de independencia, autonomía, individualidad, control y liderazgo de sus propias vidas. Estos niños aprenden a ser responsables consigo mismos antes que con todo lo demás. Y una vez que están bien nutridos en lo físico, lo emocional y lo mental serán capaces de contribuir al mundo y, lo mejor, sabrán qué hacen, cómo lo hacen, por qué lo hacen y para qué lo hacen.

En este caso, se le enseña a mejorar continuamente sobre sí mismo y sobre el valor que aporta a su vida y su entorno. Sean quienes sean en su vida adulta, serán personas felices, con una alta autoestima y capaces de responder ante cualquier circunstancia con seguridad, confianza y determinación. Serán los nutridores de su propia autoestima y cuando uno se situa en este punto, lidera, controla y se apasiona con su vida.

Es el mayor acto de paternidad que se puede ofrecer como progenitores: enseñarles a crecer y a ser cada día mejores en todo lo que hagan, piensen o sientan.

Conseguirlo es cuestión de ser conscientes de si el reconocimiento, la aceptación y la aprobación fomenta una mentalidad de crecimiento o una mentalidad de rigidez.

No hay nada más satisfactorio para un padre o una madre que ver evolucionar a sus hijos y saber que ellos son los protagonistas de sus propias vidas porque, aunque no siempre haya sido fácil lo cierto es que, de forma deliberadamente consciente, han contribuido a que sea posible.