El cole nuevo del Emperador

En estos últimos meses, con la sacudida inesperada y radical que ha sufrido la sociedad en general, y la Educación en particular, hemos asistido a múltiples tipos de respuestas frente al cambio necesario para sobrevivir: desde la adaptación más natural desde entornos que ya contaban con las «mutaciones» favorables (como grupos reducidos, alumnos autónomos, aire libre, clases amplias) hasta la histeria maníaco depresiva de algunos miembros de lo que se autodenomina Autoridad Educativa, que alternaban ausencia negacionista con arengas militares.

Es a esta Autoridad Educativa a la que los propios agentes que tradicionalmente han dado forma a la escuela convencional (editoriales de libros de texto, empresas de software comercial, sindicatos de profesores) han convencido de buscar una fórmula que permita innovar pero dentro de lo de siempre, o sea, exámenes vigilados a distancia, clases magistrales sincrónicas pero online, libros de texto pero en Chromebooks, con licencia para 4 años (para que la pueda aprovechar algún hermano). Y al mismo tiempo, incorporar medidas preventivas, pero siempre que no afecten al presupuesto, a las condiciones del convenio, a la igualdad de género y al cambio climático… Bueno, a este último, que le den.

Con lo que finalmente, las medidas van degenerando en una pantalla cosmética, insensible y absurda, como la de no calentar la comida en microondas, sino comerla a la temperatura que venga de casa.

Y ante la estupefacción de padres, de espectadores neutrales de este y de otros países, y de los propios alumnos, se van dictando medidas y contramedidas según criterios de lo más variopintos, pero nunca según la seguridad de las familias. Para lo cual, lo más sensato sería permitir elegir lo que hacer, sin imponer, y dar por fin la libertad de la que siempre ha carecido este sistema educativo, hacerle por fin un traje de verdad al Emperador.

Porque por mucho que nos sigan insistiendo, a este Emperador el colegio nuevo que nos quieren vender se le está quedando como inexistente.

Vergüenza ajena, cachondeo, incredulidad, estupefacción, ridículo, pena… ¡Qué mezcla de sentimientos!

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